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                “Debéis enseñar a sus hijos,

lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros:

que la Tierra es su madre,

que lo que le ocurre a la Tierra,

también le ocurre a los hijos de la Tierra”

Carta a Washington del Jefe Seattle 1855.

Dos visiones del mundo y el uso de los bienes naturales se confrontan en el debate sobre los proyectos de la industria extractiva minera, de hidrocarburos e hidroeléctricos en nuestro país y en el mundo: mientras para los indígenas ellos mismos son la Tierra, para los neoliberales e  inversionistas la tierra es una mercancía. 

“LA TIERRA ES CREACION DE DIOS Y POR ESO DEBEMOS RESPETARLA”

A partir de sus saberes los pueblos originarios han estado creando conciencia sobre los “efectos nocivos” nocivos de los megaproyectos y su voz se escucha desde el río Bravo hasta la Patagonia explicando que el ser humano no es el centro del universo, sino un componente más de un equilibrio que debe de existir con la Madre Naturaleza. Que la Tierra y el Universo son parte de un mismo todo; que la tierra no es sólo un medio de producción, “sino la madre que da vida y a la cual hay que retribuir”.

Para hacer nacer la conciencia, no hay nada mejor que la palabra recogida desde lo cotidiano. No desde la ciencia, sino desde lo pensado, lo vivido y lo actuado por los pueblos.

Cuando hablamos sobre la tierra podemos entenderla como polvo, Tierra o planeta -dice María Nicolás de Xochitlán en Puebla, México-: “Nuestros abuelos nos han contado que estamos hechos de polvo de barro y que Totatzin (Nuestro Padre) sopló en nosotros el espíritu y empezamos a vivir en pueblos concretos”.

Luego, agrega, tenemos “una tierra, un terreno que está unido a nosotros, porque es donde trabajamos y comemos. Ahí tenemos nuestro tonantl, nuestra energía, que viene de la vida que viene de la tierra. Por eso nuestras familias cuando se van al campo a vivir, cuidan y están al pendiente de la tierra.

“De ahí que nosotros entendemos como pueblos que estamos formados por Tonantzin (Nuestra Madre Tierra) y Totatzin(Nuestro Padre) que nos establecieron en estas tierras tan llenas de bondades, y también lo entendemos como planeta, como el mundo habitado por muchos pueblos, la Casa Grande donde todos nos sentamos y compartimos la palabra”, relata María.

“Sabemos que nuestra madre tierra está amenazada, que es agredida por intereses económicos, porque hay otros que ven que sólo sirve para comercializar sus productos, que los extraen para competir y la ven con signo de pesos, es decir, la ven como mercancía”, añade.

Aunque autocríticamente reconoce que a veces también los indígenas la han aprovechado de manera inconsciente. “Le tiramos basura, le ponemos agroquímicos y entre siembra y siembra no la dejamos descansar. Nuestros abuelos cuando sembraban durante varios años la tierra, decían: hay que dejarla descansar, porque saben que tiene vida”.

Ante los proyectos mineros, de hidrocarburos y la construcción de hidroeléctricas que se desarrollan en la región, dice María, el peor escenario será ver cómo sacan los bienes naturales y que la gente se quede callada observando la destrucción.

SOMOS LA MISMA TIERRA

“No podemos ser ajenos, porque dependemos y pertenecemos a la madre naturaleza. Por eso cuando las abuelas dicen que Nuestra Madre Tierra siente y le duele y  la vemos cuando ya no quiere dar la cosecha. Y siendo nosotros sus hijos, su dolor es nuestro dolor, para nosotros los indígenas, la Tierra es sagrada, sin ella no somos nada. Un indígena sin Tierra, es un indígena muerto”.

Todo, asegura, está en constante equilibrio, Tonantzin y Totatzin pusieron en su lugar al sol y la luna al día y a la noche y la Tierra le va dando sentido a lo que hacemos y se hace presente en nuestros ritos. No podemos entendernos separados de la tierra, incluso somos la misma tierra”.

María Nicolás refiere que en su pueblo cuando nace una criatura, la placenta y el ombligo se siembran en un lugar especial, para que la persona ame, aprecie y quiera a su pueblo y tenga sentido de pertenencia. Incluso cuando alguien se cae, las abuelitas levantan el espíritu, se hace un rito, lo mismo que cuando no llueve y hay que ir al Altlepetl a ofrendarle comida, bebida, copal, música, para que venga el agua que es como la sangre que corre en nuestro cuerpo.

Para cada acontecimiento ligado con la naturaleza, añade, hay un ritual. Por ejemplo, cuenta, cuando los albañiles van a empezar alguna construcción hacen una oración, ponen aguardiente, prenden velas, queman incienso y piden permiso de la Tierra para hacer su obra.

Y agrega que su concepto de biodiversidad abarca no sólo a las plantas, animales, manantiales flores, etcétera, sino al cúmulo de conocimientos y tradiciones que los han hecho sostenibles como pueblos.

“De esa Tierra venimos y hacia ella vamos caminando sobre los pasos que nos dejaron nuestros abuelos, caminamos en sus huellas y por eso tenemos que cuidarlas”, asegura.

Y cuando se le pregunta que si ésta labor no le parece desmesurada, segura responde: “ciertamente sabemos que no vamos a poder cambiar al mundo y a las personas, pero si podemos despertar nuestro pensamiento y el de los jóvenes y el de nuestras autoridades, para que se unan a nosotros porque están al servicio del pueblo”

EL ACUERDO DE LOS OBISPOS

Esta labor de concientización es acompañada de cerca por agentes de la pastoral Católica y apoyada por algunos párrocos quienes actúan al amparo del acuerdo de la Conferencia Episcopal de América Latina (CELAM) logrado en junio de 2011 en Lima, Perú, ante el auge de las actividades extractivas.

Durante esa reunión, la iglesia afirmó su compromiso “como discípulos y misioneros al servicio de la vida, de acompañar a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio y la defensa de sus derechos”. Comprometiéndose a crear conciencia en la sociedad acerca de la realidad indígena y sus valores, a través de los medios de comunicación social y otros espacios de opinión”

Tal determinación, explican los jerarcas, se tomó luego de  constatar la expansión acelerada de las industrias extractivas, formales e informales, “cuyas actividades tienen, muchas veces, impactos negativos en la vida de las poblaciones aledañas… porque hay una explotación  irracional que va dejando una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región”.

Los obispos critican que en las actividades para la exploración y explotación minera y de hidrocarburos se genere contaminación cianuro de sodio, plomo, arsénico, uranio, mercurio y otros metales pesados que llegan de manera directa o por infiltración a los recursos hídricos (glaciares, lagos, ríos y el agua en el subsuelo), el aire y el suelo.

“En algunos casos la contaminación perdura por miles de años, provocando graves enfermedades y mutaciones genéticas. Este hecho, sumado a la destrucción de suelos (lixiviación) y de paisajes – que para algunas comunidades indígenas son considerados sagrados- , perjudica sensiblemente la calidad de vida tanto de las personas como de animales y plantas”, afirman.

Además, dice, se pudo verificar la aparición y el incremento de enfermedades entre los pobladores “del lugar y de las comunidades aledañas afectadas por la actividad minera. En la mayoría de los casos los trabajadores y pobladores quedan abandonados a su suerte”.

Por otra parte, la CELAM observa un debilitamiento de los gobiernos locales, que llegan a ser negligentes en su función de exigir el cumplimiento de las normas de protección del ambiente e incluso “usan los vacíos legales a favor de las empresas”, en lugar de defender y proteger los derechos de la población como es su responsabilidad.

En estos casos, dicen, es común la falta de transparencia de los documentos que regulan las relaciones entre el Estado y las empresas extractivas, tales como las concesiones y los estudios de impacto socio-ambiental.

Y en este acuerdo, hacen coincidir la fe cristiana con la cosmovisión indígena al considerar que “la tierra es creación de Dios y por ello tenemos que tratarla con respeto. Los seres humanos, creados a imagen de Dios (Gen 1,26), están llamados a ser administradores responsables de los bienes de la creación. No tenemos el derecho de explotar los recursos de la tierra, arrasando irracionalmente las fuentes de vida que recibimos para proteger”.

Por ello en las asambleas informativas de los pueblos indígenas de la Sierra Norte poblana, es común escuchar el Salmo “De Dios proviene la vida” en el que piden a Tonantzin, madre de la vida y Totatzin padre de nuestra existencia, que se acuerde de los pueblos que establecieron en la antigüedad.

Ruegan además porque les den sabiduría y fuerza a sus corazones “para ya no dejarnos empobrecer y confundir por el ansia de poder ideológico, económico, político e inclusive religioso”, pero también porque siga acompañando sus luchas por “instaurar cielos nuevos y tierra nueva”, para que anime a sus corazones para mantenerse unidos y solidarios con sus pueblos.

COMO UNA MAFIA

En  contraste, las empresas extractivas se han convertido en una mafia organizada para saquear los países y en ese afán han violado la totalidad de los derechos humanos de los pueblos indígenas y no indígenas, aseguró el Centro de Análisis e Investigación FUNDAR.

El despojo que se practica en los territorios ha provocado que a estos proyectos se les considere como de muerte, “se ensañan” especialmente en contra de los pueblos originarios.

En algunos casos, Los proyectos extractivos ambicionan invadir la totalidad de la fisiografía de los países, impulsándolos e imponiéndolos mediante la violación sistemática de los derechos humanos, que se evidencia en atentados contra la libre asociación, la libertad de expresión, la libre autodeterminación de los pueblos indígenas, al uso preferente de los recursos naturales. Además del derecho humano al agua. Además propician la división y confrontación comunitaria

También se vive la profundización de un ambiente de hostigamiento, intimidación y agresión física, verbal y psicológica, hacia  defensores y defensoras del territorio, que ejercen su derecho legítimo para decidir y preservar su cultura, sus formas de organizarse y de relacionarse con su entorno, desde la cosmovisión de sus pueblos frente a un tipo de desarrollo que no concuerda con sus modos de vida.

https://www.youtube.com/watch?v=DkFJE8ZdeG8

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