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“Amo a los mexicanos. Tengo millones de mexicanos trabajando para mí. ”

(Donald Trump, 21 jul 2015)

Tiempos de trumpeñismo. De ambos lados de la frontera norte, la misma gata revolcada produce los mismos estragos, con leves diferencias de estilo: allá, las trapacerías y fanfarronadas al modo del amo imperial; acá, las bellaquerías y torpezas del lacayo bien adiestrado, sumido ya en el abismo de la más alta impopularidad que un presidente mexicano haya tenido en la historia moderna. En medio de todo esto, acá, voceros de los amos de allá desentierran un supuesto nacionalismo que jamás les ha impedido ser los más obsequiosos vendepatrias y socios del capital imperial.

Queda claro que su descontento no tiene nada de patriota: se enojan porque de pronto sus socios mandamases del norte se niegan a cumplir con lo pactado en la común explotación de los pueblos de allá, de acá y de todas partes. De pronto se acuerdan del nombre del país al que dicen pertenecer (una cosa que llaman México y que reavivan cada septiembre, para explotarlo mejor) y llaman a la unidad nacional para defender sus intereses particulares, de clase, con el cuento de que son los intereses de la nación. Disfrazan, eso sí, la peste de sus negocios (que incluyen y patrocinan tanto a los corruptos gobernantes de allá y de acá como a los criminales organizados, de acá y de allá), con fragante agua de colonia… La colonia estadounidende en que ellos mismos nos han convertido.

Paradojas del chovinismo (ese nacionalismo extremo, de caricatura, siempre al servicio de los fanatismos y los terrorismos) que a ambos lados de la frontera acentúa el odio, la discriminación, el clasismo, el machismo, la exclusión, la persecución, el crimen. Se atreven a gritar “¡Vivan nuestros indígenas” quienes se enefician del despojo de las tierras y recursos de las comunidades, y callan ante el asesinato de quienes los defienden. Claman “¡Familias unidas!” quienes callan ante el gobierno responsable no solo de la desaparición de 43 normalistas, sino de más de 26 mil personas. Entonan conmovidas el “Cielito Lindo” (por cierto, una de las canciones de más claro sabor españolizante del folklore mexicano) muchos miembros de los sectores más nostálgicamente asimilados al american way of life.

Una enorme presión mediática, desde los “líderes de opinión” televisivos hasta los hipócritas spots del gobierno, pasando por la omnipresente manipulación subliminal de los símbolos patrios, se enfoca en convencer a los diversos sectores sociales de la idea de unidad nacional frente al enemigo externo, ocultando el papel del enemigo interno que amablemente nos sonríe, tendiéndonos la mano que roba, golpea y mata por cuenta de sus amos trasnacionales.

En tanto el sainete sigue, los acuerdos estratégicos entre los poderes reales de ambos lados de la frontera continúan: el territorio mexicano es considerado de vital importancia económica y militar para el gobierno estadounidense, y la falsa guerra contra el narcotráfico se sigue esgrimiendo como pretexto para controlar el país. Los enclaves que interesan al capital trasnacional y sus socios mexicanos, especialmente el Istmo de Tehantepec y la infraestructura que en torno a este ha venido desarrollando el gobierno (herencia del Plan Puebla Panamá, hoy Corredor Biológico Mesoamericano) están detrás de todo lo que conforma esta estrategia, desde la Iniciativa Mérida hasta la legislación express que en el Congreso mexicano pretende legalizar la anticonstitucional función policíaca de las fuerzas armadas.

El diccionario define la palabra Procónsul como “Magistrado de la antigua Roma que ejercía la función de gobernador de una provincia”. Un gobierno proconsular es el gobierno mexicano, al servicio del imperio, y eventualmente, de cualquier poder que le llegue al precio. Para ese trabajo sucio agita la bandera, igualito que sus amos al norte. Falta saber si se lo seguiremos permitiendo.

https://www.youtube.com/watch?v=TuTwTiZgDfY

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