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Desde hace ya treinta y cinco años, son tres grandes bloques de fuerzas los que se disputan el poder en México: 1) el grupo de los globalizadores, subordinados a la Casa Blanca y a Wall Street, al que han pertenecido todos los presidentes desde Ernesto Zedillo Ponce de León hasta Enrique Peña Nieto, 2) el grupo de los que impulsan un capitalismo monopolista de base nacional, con independencia relativa del gran capital financiero mundial, el cual es encabezado por Carlos Slim Helú y Carlos Salinas de Gortari, y 3) el grupo que impulsa un capitalismo nacionalista de base social, el cual es heredero del nacionalismo revolucionario de la época de oro del desarrollo moderno de México, mismo que, hasta el año 2000, fue liderado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y desde entonces lo ha sido por Andrés Manuel López Obrador.

La corriente que había sido hegemónica durante los últimos veinte años se encuentra actualmente en un momento de debilidad extrema, debido, sobre todo, a su natural descomposición y a la incapacidad de gestión mostrada por Peña Nieto. Pero, también, debido al arribo a Washington de la corriente no globalizadora, encabezada por Donald Trump, que choca de frente con la de Peña Nieto, quien esperaba que Hillary Clinton se hiciera con la presidencia de Estados Unidos. La debilidad extrema del grupo de Peña está siendo aprovechada por Slim-Salinas para tomar el control de la sucesión presidencial que se avecina en México, e intentar imponer las condiciones para una transición hacia un régimen distinto que, por supuesto, ellos suponen que encabezarían.

De ello hay evidencias. Las dos semanas de negociaciones que mantuvieron en las oficinas de Carlos Slim los enviados de Trump, al parecer dieron lugar a acuerdos significativos para una alianza, la cual se habría sellado con su encuentro del 21 de diciembre en Mar-a-Lago, propiedad de Trump en Palm Beach, Florida, después de la cual el empresario ganador de las elecciones tuiteó que había sido “una cena con un hombre maravilloso, ¡es un gran tipo!”, aseguró Trump. De igual modo, la extraña pero muy vista y comentada conferencia de prensa ofrecida por Slim el 27 de enero —casi a la misma hora que tuvo lugar la reunión de Peña Nieto con senadores y diputados para informarles sobre las (fallidas) negociaciones en Washington—, evidencia que la disputa por el control político de la coyuntura la está ganando el grupo Slim-Salinas.

Peña Nieto y sus cófrades dan muestras de estar desesperados en virtud de que comienzan a ser desplazados de la escena, debido a lo cual intentan a aprovecharse —aunque sin grandes resultados hasta ahora— del sentimiento anti-Trump que ha calado hondo en el ánimo nacional. Así mismo, Peña Nieto decidió invertir buena parte de su exiguo capital político para imponer a su primo, Alfredo del Mazo Maza, como candidato del PRI al gobierno del Estado de México, en un intento por tratar de conservar el poder en la entidad en la que el propio Peña fue gobernador. Hace seis años, el ahora presidente intentó colocar a del Mazo como su sucesor en ese importante estado de la república —que tiene una población superior a los diecisiete millones de personas y el padrón de electores más grande del país—, pero entonces se supo que Carlos Salinas de Gortari habría operado para evitarlo. Con este movimiento para imponer a un pariente que ayude en la muy difícil tarea de cubrirle las espaldas, Peña Nieto pretende asegurar el control del último reducto estratégico del poder del PRI en el país, pero su jugada es arriesgada en virtud de que Morena, el partido de López Obrador, ha subido muy rápidamente en las encuestas y ya se ha colocado como el favorito para ganar la presidencia en el 2018.

Andrés Manuel López Obrador, por su parte, ha hecho movimientos inteligentes para intentar colocarse en el centro del escenario y evitar que el grupo de Slim-Salinas aparezca ante la ciudadanía como el portador de la llave para impulsar la transición hacia un nuevo régimen. Por eso ha sido muy cuidadoso en sus críticas a Peña Nieto, y recientemente ha hecho públicas sus alianzas con empresarios mexicanos relevantes y con Esteban Moctezuma Barragán, quien fue secretario de Gobernación y de Desarrollo Social del presidente Ernesto Zedillo y actualmente es presidente de una fundación filantrópica directamente vinculada con Ricardo Salinas Pliego, quien es el propietario de la segunda cadena de televisión más importante del país.

Como se puede apreciar, estamos en medio de una coyuntura que muy probablemente marcará el destino de México por muchos años. De la forma en que los ciudadanos y sus organizaciones aprovechen estas pugnas y acercamientos entre las fuerzas dominantes, dependerá en gran medida la posibilidad de que la nación encuentre el rumbo más conveniente para la mayoría.

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