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Desde la gobernanza de George H. W. Bush, a partir de 1989, al día de hoy, grandes preocupaciones abruman al Hegemón estadounidense por preservar su rango, a cada inquilino de la Casa Blanca lo acosan las tensiones sobre el declive y la implosión.

Siempre con una frase fácil de ser la nación elegida para gobernar al mundo. Cada cual se propuso ensanchar su trono como premisa alojada en el interés de sus grandes élites:

 1. Amagaron a la ex URSS, desmantelaron la economía de Europa del Este, bajo el argumento de su liberalización. Pero los resultados fueron cruentos y peligrosos.

  1. Se confabularon para desequilibrar Irán, Irak y Siria como fuerzas regionales, hasta aplastar las pretensiones Iraquíes de forjarse como potencia en el mundo árabe.

  1. Emprendieron la carrera por el monopolio de los energéticos para controlar el mercado mundial, detener el impulso de Europa Occidental y China.

  1. Envolvieron al Japón en una telaraña financiera y comercial para ralentizar su economía.

  1. Revolvieron a nuestros países en el neoliberalismo y los TLC`s para sujetarnos a su economía imperialista global y desarticularnos.

  1. Alimentaron su economía financiera parásita y guerrerista, hasta endosarnos sus crisis y problemas.

La lista de atrocidades y problemáticas causadas, les acreditan como la principal amenaza a la seguridad mundial. Otras tantas acciones han emprendido, en todas resalta la meta de engrandecerse a cualquier precio que otras y otros debamos pagar. Es muy cierto que cada uno de los presidentes del Estado norteamericano suele divergir de los que le anteceden, por ello el anterior le deja piedras en el camino, a la vez que quien le sigue toma distancia de las erratas que desde el punto de vista de su sector de clase cree que se cometieron.

La situación se agrava para el sistema mundial capitalista-imperialista, este Hegemón impone criterios crecientemente reaccionarios que reconfiguran su política nacional e internacional. El mundo se les hace pequeño y sus posibilidades disminuyen porque las fuerzas de competencia siguen rutas un tanto divergentes.

Por ejemplo, después de forzar los tratados de libre comercio, ahora aseguran que no son funcionales del todo, con miras a renegociar frente a países cuya estructura económica interna fue socavada en el entretanto, inclusive niegan las grandes ventajas y recursos obtenidos.

Véase en este sentido el caso de la dependencia de México respecto de Estados Unidos tras dos décadas del TLCAN (sujeto a una renegociación ventajista); o la extensión del muro fronterizo, otra brillante empresa para extraer recursos al pueblo mexicano y centroamericano, será para colocar una cadena más a la forma de sujeción económica, al desplazamiento de fuerza de trabajo controlado según los intereses del norte, como medida de presión, diferenciación, y como sucede en otras zonas, generándonos problemas para justificar agresiones “por situaciones humanitarias”.

Tómese también la interdependencia con Europa occidental y la peligrosa disposición global de las bases militares norteamericanas. Al mismo tiempo la extrema concentración de riquezas en el 1% a que condujo el modelo neoliberal y neocolonial gringo. Esos son males reales para las mayorías del planeta, de donde quienes impusieron el modelo económico-político son beneficiarios en primer plano porque capitalizaron el fluido del mercado y de ingresos a sus metrópolis.

Obama sale con un rastro de asesino, armamentista e intervencionista, el sistema moldea a sus criaturas. Entra Trump ya sin beneficio de la duda, tomando de éste la línea del crecimiento económico fundada en la ruina del mundo. Aunque aquel se quedó en el discurso, éste amenaza a todos en nombre del interés industrial, más el poder político-económico lo reprograma, porque para ninguna potencia hay propósito interno sin el externo, así la continuidad de sus guerras imperiales se vincula a su mercado de armas y otros sectores económicos. A lo que se ve de las primeras líneas de su gobierno, habrá más militarización, más contaminación ambiental, más guerras, pérdidas del poder adquisitivo del salario, todo porque la competencia monopólica no cederá desde ningún territorio.

Sin embargo, las diferencias están dadas, un sector del imperialismo pretendía seguir arrastrando el sistema global hasta montarlo totalmente y dirigirlo de nueva cuenta al esplendor hegemónico yanqui, en tanto otro ve que este proceso no se puede acompañar sin un fortalecimiento interno y nuevas presiones sobre propios y extraños, quebrantando algunas estructuras del sistema internacional (político, comercial y militar). Lo que intentarán será una conjunción. Por lo pronto se agrava un conflicto interno de la burguesía yanqui que está desatando otras graves contradicciones en el orden social.

Ambos personajes Obama-Trump intuyeron que la industrialización de Norteamérica es una prioridad más que interna, para relanzar su papel hegemónico ante la merma de consenso y simpatías entre sectores de las burguesías y monopolios de otros países. La paz y prosperidad prometidas por estos seudo emperadores es un sentido de su real política, de la pragmática con que se conducen en beneficio del gran capital y sus distintas facciones.

Urgía la síntesis del lema reaganiano: “Hagamos que América vuelva a ser grande”, pelando la cebolla esta condensación viene a decir que los Estados Unidos de acuerdo, capa por capa, será: más blanquitud, más racismo, más imperialistas, más dominantes, más xenófobos, más oligárquicos, más torcedores de brazos, más militaristas, más industriales, más terrorismo de Estado, más amenazantes, más autoritarios, más hegemónicos. Porque ¿qué más?, eso significó la grandeza yanqui, por lo cual el poder con que se cuenta les resulta insuficiente en las condiciones dadas. No les basta con ser gran potencia, ellos insisten en que deben mandar sobre el destino de la humanidad.

La burguesía norteamericana y sus socios mundiales perciben que su gobernante, emergido de entre su clase, está fuera del ambiente establecido previamente, se dan cuenta que si va demasiado lejos pueden perder todavía más. Insinúan que tendrían que actuar por sobre éste y su grupo, pero contradictoriamente también lo ven como una posibilidad de rebasar las fronteras a que llegaron, que les restringían en la diplomacia mundial y en la política interna frente a todos los que consideran sus enemigos.

Trump es una carta necesaria a la gran oligarquía, llegado en un momento de transición, a gusto de unos (ultraconservadores y reaccionarios chovinistas) y disgusto de otros (establishment y algunas grandes firmas). Hasta hoy no se sabe exactamente si las oligarquías que controlan el aparato electoral decidieron cargar sus dados a Trump por este cambio de conducta hegemónica o si de manera “natural” aceptaron la inminencia de los hechos, en cualquier situación, operan con capacidad de mando sobre el aparato, pues con éste personaje el viejo contubernio Estado-corporaciones altera un tanto su balanza de manera que el lobby corporativo asume el poder político.

Donald Trump es el elemento agresivo en el descenso del estatus mundial. Por más que se le quiera etiquetar de nacionalista que pretende desaparecer el libre mercado, el cual no existe más que como libre albedrío de las transnacionales; desea elevar de rango el mercado monopolizado, libre para los grandes, libre para los yanquis, libre de competencias dañinas a su preponderancia comercial.

En esta dinámica el sistema político acarrea todo tipo de especímenes, pero finalmente por los mecanismos que posee, se integran a los requerimientos del momento, más impuestos a los pobres, proteccionismo, elitismo, monopolismo, e intervencionismo sin reservas de su parte. Con una gran jugada de repatriación de capitales para invertirlos obviamente en su complejo industrial-militar.

Es una amenaza en tanto desestabiliza los organismos y alianzas creadas en el mercado mundial y la geopolítica, pero es una promesa que convalida las posturas exclusivas, la operación desde y sólo por Washington, sin mediaciones, consensos, ni negociaciones.

Nunca como ahora los pueblos del mundo, las clases explotadas y oprimidas habían sido tan despojadas y se habían presentado ante la amenaza de una esclavización colosal. Nunca como ahora el imperialismo mundial y las contradicciones de su centro hegemónico nos habían colocado ante la necesidad de esa gran palabra: Luchar.

Los pueblos de Norteamérica anglosajona deben luchar por sus propios intereses, por sobre la compleja trama política demócrata-republicana-oligárquica. Los pueblos árabes deben luchar contra el intervencionismo opresivo, los pueblos europeos tienen que luchar o no saldrán de su larga crisis, los pueblos de todo el mundo deben luchar porque la amenaza de guerras globales está a la orden del día ya que la presión agregada va en el sentido de la disputa por nuestros recursos, territorios, mercados y poblaciones. Vienen años de combate frente a todas las formas de guerra imperialista, a las mujeres, la juventud, la clase obrera, los campesinos, las capas medias arruinadas, nos toca asumir, en las condiciones específicas y en el marco de intereses vitales.

La situación actual es una tragedia para la humanidad, el conjunto de problemas a que hoy nos enfrenta el capitalismo imperialista nos arrastran a un futuro tan incierto como crítico, cualquiera de sus soluciones ya han sido probadas y derivadas en fracasos agravantes. Por los años que vienen, encima de una pura convicción, se asienta la amenaza oligárquica con nuevos golpes.

Y vaya que las cosas se pasaron de tueste en México, el peñismo se cuadra ante el trumpismo. Ahora el régimen está empeñado en acortar su política en un puño de frases y palabritas, como la austeridad, tan apelada, tan aclamada, tan fingida. Sí los señores de la abundancia ya marchan con su unidad por la austeridad, aunque la confluencia es mínima.

Así que váyase haciendo cuentas ante la llegada de Trump, el estancamiento de la economía mundial y las prioridades de la oligarquía interna. Austeridad para programas sociales, para reducción de salarios y otros derechos laborales, para educación, para salud, para descansos, para alimentación, para servicios públicos, y adiós a las libertades generales. Porque la austeridad de las mayorías consideradas población superflua, significa implementación de medidas de expropiación de sus recursos para satisfacer la inagotable sed de beneficios de esa minoría en compensación de la tajada que deben ceder al norte.

La austeridad del gobierno peñista es la canalización hasta del último centavo para provecho de la gran burguesía y sus sectores políticos afines a la economía de gran empresa, mediante el más bajo nivel de vida del pueblo.

En el interés popular del México actual la situación llama a combatir a las burguesías y todo el imperialismo global, a hacer frente común desde abajo, en las actuales condiciones del movimiento general, sin cuadraturas programáticas irrefutables, sujetándose al entorno cambiante, expresándose en las formas de lucha posibles y prioritarias de debate y salida a las calles. La acción de los pueblos, surgida en el escenario de manera natural, contra todas las políticas oligárquicas y situaciones del sistema de dominación, que forje una perspectiva de poder de liberación, de organización general y revolucionario.

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