Etiquetas

América Latina se encuentra en un contexto de avanzada restauradora o, desde un plano continental, de una recomposición imperial que tiene por objetivo desarmar un multipolarismo ensayado la última década.

Recordemos que las visitas de Obama a Cuba y Argentina dejaron al descubierto el programa neocolonial trazado para esta etapa por parte del Departamento de Estado norteamericano: por un lado ensayar “flexibilizaciones” con Cuba como señal de prestancia a vincularse de un nuevo modo con el continente, mientras que por el otro, acorralar política y económicamente a los tres países que encabezaron el desplante al proyecto panamericanista en 2005 bajo el signo del “No al Alca”. Esta dualidad resulta, de entrada, un mensaje a la región de cara a la necesidad de recomponer la “naturalidad” de un histórico dialogo con los países centrales.

Como hemos visto, el gobierno de Mauricio Macri -llave de la recomposición, por eso la visita de Obama- tomó nota rápidamente del programa de Washington: más allá del abanico de medidas de ajuste y transferencia regresiva de recursos en el plano local, es central la reconfiguración de la política exterior, en manos de la Canciller Susana Malcorra. Estados Unidos encuentra en Malcorra -y su pretensión de ser Secretaria General- la persona de confianza del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Bajo la premisa de reeditar -en la Alianza del Pacífico y sobre todo en el Acuerdo Transpacífico -TTP- el proyecto del Alca, el macrismo deberá avanzar en pos de desarmar inéditas pautas de cooperación regional que habían sido consagradas en la última década. En vistas de la recomposición, frente a Brasil y Venezuela, Argentina mostró credenciales imperiales: en el primer caso reconociendo rápidamente al gobierno golpista; en el segundo, como motor de la asedia en consonancia con la derecha internacional.

La Alianza del Pacífico (cuyos miembros plenos son 4 países de los más desiguales del continente y su coordinación es Estados Unidos) nació hace 5 años para frenar impulsos regionales que permitían en bloque discutirles soberanía a los países centrales. En ese sentido lo que sigue como misión para la Cancillería argentina es flexibilizar el Mercosur, a los efectos de participar de dicha alianza, es decir, “jugar solo”.

El Acuerdo Transpacífico (la verdadera luz al final del camino) representa el mayor acuerdo de libre comercio de la historia; el cual con la tutela de EEUU, avanza para pulverizar los BRICS y, fundamentalmente, la presencia de China en América Latina.

En sintonía, la Defensa Nacional se readecúa a la política exterior. El macrismo otorga autogobierno a las Fuerzas Armadas, lo que supone quitarle al Estado el control y -sobre todo- la formación sobre la fuerza, como antesala de nuevos acuerdos de “cooperación” en materia militar, necesarias para la proclamada “lucha contra el terrorismo”; elementos estos que permiten tener un vasto control sobre asuntos internos como el de la seguridad o el narcotráfico.

El conocimiento sobre la intención de emplazar una nueva base militar en el Atlántico Sur (Tierra del Fuego) -que recordemos, se sumaría a la inmensa base de la OTAN en las Islas Malvinas- va completando la escena injerencista. Si además consideramos la base británica de la Isla de Ascensión, la OTAN irá completando un control total sobre el Atlántico Sur. Argentina abandona así un empeño consagrado en la última década puesto en el desarrollo del Atlántico Sur; una defensa integral de su soberanía: territorial, científica, satelital, económica.

Tiempos de redefiniciones para una América Latina que encuentra en Argentina el prólogo de un cambio de época. Por ahora abierto. Del pulso que asuma la defensa de las democracias brasileras y venezolanas, al tiempo que la oposición argentina logre dejar de lado falsas hipótesis de gobernabilidad, dependerán los próximos tiempos.

Luis Wainer

Sociólogo UBA – Coordinador Área de Estudios Nuestroamericanos – Centro Cultural de la Cooperación (AEN-CCC)

Anuncios