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Por Leonardo Parrini

Es temible, como suelen ser algunas historias hermosas. Su nombre, Cotopaxi, alude a un cuello de luna, sea por su forma cónica perfecta, o por su eterna cerviz nevada. La toponimia del Cotopaxi corresponde a un fonema compuesto de la voz Kichwa, Kutu o cuello, proveniente del chibcha, y Phaxy o luna del Aymara. Con una elevación de 5.897 metros sobre el nivel del mar, el Cotopaxi es uno de los volcanes más altos del mundo y ostenta el prestigio de ser uno de los más activos del continente. Su historia registra erupciones en 1877 y 1904, e incrementos de su actividad desde el año 2003. En los últimos meses aumentó su dinamismo con emisión de gases y explosiones freáticas que forman columnas de ceniza de cinco kilómetros de altura sobre el cráter. Según el Instituto Geofísico ecuatoriano, “el estudio preliminar de la ceniza producida durante las explosiones sugiere que las mismas no estarían relacionadas con el magma en profundidad, sino que se deben a un sistema hidrotermal menos profundo, que fue sobrecalentado por el magma en las últimas semanas”.

Mi relación con el volcán Cotopaxi ha sido mítica desde que lo ascendí la primera vez, en 1978. En ese entonces trepamos por sus faldas para fotografiar al Cóndor, primer automóvil construido en Ecuador de fibra de vidrio, que en honor a su nombre fue posicionado como un carro de altura. Fue un amor a primera vista con el volcán, que majestuoso se yergue en el Parque Nacional Cotopaxi de bosque húmedo y tundra subandina. Allí aprendimos una lección de humildad frente a la naturaleza, obnubilados por un paraje nival perpetuo, morada de llamas y conejos silvestres vigilada por gavilanes y cóndores, entre otras especies de altura. Durante un segundo ascenso iniciado una madrugada de febrero de 1998, nos maravillamos bajo un cielo constelado de estrellas desde un punto de observación privilegiado. Regresé en tres oportunidades al Cotopaxi a realizar reportajes para la televisión, hasta el último intento que frustró nuestra aventura, en el mes de marzo del 2000, debido a condiciones climáticas adversas.

Leyendas pasionarias

Desde entonces y desde lejos observaba su cuello de luna, engalanado de coquetas nubes o imponente bajo el cielo azul profundo. Un buen día mi relación con el Cotopaxi se volvió más emotiva, íntima. El afecto que profesé a una muchacha oriunda de Guaytacama, la comarca de tejedoras de totoras y laboriosas hacedoras de tortillas de maíz enclavada frente al volcán, convirtió al nevado en un símbolo enhiesto de mis emociones. Frente al retablo de la puerta de la iglesia, -paloma blanca en el imaginario poético de Julio Pazos-, hay un mercado desde el cual observábamos el Cotopaxi dormitando en el crepúsculo de la tarde agonizante. Allí evoqué a mi amigo Iván Vallejo, andinista que ha trepado 198 veces el Cotopaxi y que regresó a la cima del volcán para celebrar el decimoquinto aniversario de la hazaña de conquistar el Everest, sin ayuda de botellas de oxígeno. Iván me dijo alguna vez en su alegría, “me emociono cada vez que subo a una montaña, por más veces que he coronado ese volcán, al final termino llorando”

La pasión fue siempre parte de la historia del Cotopaxi. Cuentan los comuneros en sus leyendas que Illiniza Sur, esposa del nevado Illiniza Norte, se enamoró del Cotopaxi. El volcán Rumiñahui avisó de la aventura, lo que destrozó al monte Corazón, hijo de los Illinizas, cuyo doloroso llanto formó la laguna del Quilotoa. En el escenario de la laguna tuvo lugar otra historia de amor. Pachacamac, gestor del universo, requería de un mensajero entre los hombres y los dioses, por ese motivo creó al cóndor, un ave sagrada. El imponente señor de las alturas, en sus vuelos de mensajero, un buen día observó a una muchacha que pastaba ovejas en el páramo. Prendido por la pasión la invitó a volar sobre sus alas, gesto que enamoró a la pastora que se fue a convivir con su amante a su nido junto a la laguna de Quilotoa en la región de Zumbahua. El Cotopaxi, vigilante de la laguna, se regocijó y desde entonces enseña en su lenguaje de fuego y ceniza que no todas las historias hermosas de su apasionada geografía son temibles. Algunas suelen ser esperanzadoras.

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