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 Probablemente mucho se ha dicho, no obstante nunca será suficiente, en referencia al papel de los medios de prensa en la construcción de la política, considerando la amplificación de discursos que su capacidad de cobertura masiva les permite y que los torna aptos para la introducción y el fortalecimiento de valores sociales correspondientes al poder hegemónico del sistema al que adhieren.

Todo medio es consciente de este potencial y, por tanto, debería serlo también respecto de su responsabilidad frente a las consecuencias que la gestión informativa puede tener en el tejido social. Si bien no es posible asegurar la naturaleza y la intensidad de ese efecto, al observar los mecanismos técnicos y las formas de realización de contenidos transmitidos no es difícil deducir una gran dinámica de incidencia, de distintos modos y gradaciones y alcances, en la formación de opinión, y en otros factores de la conducta y la actitud de las audiencias.

La muy significativa presencia de los medios en el escenario social les permite atravesar todas las relaciones que las comunidades humanas desarrollan en occidente, travesía que conlleva el sello de identidad ideológica y política puesto forma parte de su constitución como entidades que responden a intereses específicos, determinados generalmente por una condición empresarial que los articula a círculos del poder económico.

Destinadas a transmitir la información que buscan, obtienen, crean y recrean para sus públicos directos, y para la receptividad derivada de la repetición y réplica de los primeros sobre públicos indirectos, estas organizaciones se imbrican con la acción política, asociando dos ámbitos que se necesitan y complementan, estableciendo así una relación simbiótica.

La identidad ideológica mediática es el sustento del sentido editorial, de la perspectiva para contar la realidad, es decir, desde dónde y cómo se perciben, asumen, estructuran los hechos. A su vez el sentido editorial es la base conceptual del impacto que la irrupción informativa produce en los receptores, quienes tendrán diferentes cantidades y calidades de herramientas y recursos, para decodificar, interpretar, asimilar, rechazar o integrar esos lineamientos a su cosmovisión.

Esta condición ineludible, que con derecho supone una decisión ideológico política legítima, de suyo evidente y coherente, incluso necesaria, es refutada sistemáticamente por las empresas informativas que proclaman un ejercicio objetivo e imparcial del periodismo, queriendo implicar con la primera característica, objetividad, una distancia imposible de ser en virtud de un procesamiento específico y propio, del material informativo para convertirlo en noticia. Y con la segunda, imparcialidad, intentan negar la razón y postura del medio e incluso del periodista frente a su entorno.

Estos tópicos son antiguos debates sobre la actividad periodística en su papel de intermediadora, el tema subyacente radica en los modos maniobreros e invasivos utilizados en la permanente búsqueda de consolidación de la influencia sobre los públicos, para formarlos cautivos, e incorporarlos a su disputa de intereses con otros actores que les son adversos.

Tergiversar, omitir, calificar, enfatizar a conveniencia un aspecto sobre otro, reemplazar elementos de un suceso, espectacularizar las noticias, configurar como extraordinario un hecho ordinario y viceversa, descontextuar; impulsar, a nombre de crítica argumentada, a auténticos francotiradores que no consienten objeciones a sus juicios ni derecho de expresión ni de defensa a quienes ya han decidido condenar. Es la cotidianidad mediática en su accionar político.

No aceptar esta verdad, no admitir abiertamente el rol político y sin embargo funcionar como aparato político, es una distorsión esquizoide, desde la cual se estimula la alineación con intereses que como empresas de producción, venta y circulación de contenidos, representan.

En este contexto, y en una época pre electoral la práctica se legitima en el proceso político como forma coadyuvante con la movilización y persuasión del electorado con evidente intención de sustituir la lógica política social por su lógica política mediática.

Si consideramos que durante este tiempo los actores dinamizan sus configuraciones y operaciones, y se acentúa la necesidad de fortalecer los nexos entre mensaje transmitido y mensaje recibido, para acometer de lleno en las preferencias del votante, el asunto es aún más complejo. Innumerables asuntos triviales se vuelven noticiables, muchos inscritos en una comunicación negativa que al parecer en determinadas circunstancias, por múltiples factores, puede lograr mayor influencia en la actitud del elector.

Pero claro, ocultarse, meollo del asunto, es poseer una poderosa arma encubierta con la cual mantener el turbio juego. En este panorama, quizás ingenuamente, nos queda la posibilidad de declarar permanentemente vigente (como una Intifada), la demanda de  una ética mediática que permita la construcción de sentido en la comunicación política.

Exigir el abandono de la simulación y su sustitución por niveles de autenticidad podría ser la plataforma de un pacto social que sincere una forma, inconfesada pero evidente, de hacer política. Difícil cometido pues con seguridad el fingimiento propio del doble juego que promete un acercamiento genuino a las inquietudes y expectativas poblacionales, ofrezca mayor rentabilidad en el negocio de la información que la ética.

Utópico. Sí, es utópico aspirar a desterrar la manipulación mediática. Pero no olvidemos a Galeano, ¿para qué sirve la utopía? Sirve caminar y avanzar. Dispongámonos y caminemos entonces.

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