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solidaridad

En el mundo hay solidaridades y solidaridades. La de los que viven en la abundancia, y la de los que tienen poco y comparten lo que tienen. No hay que restarles méritos a los primeros, pero mayor es el de los segundos. Este es el caso de cientos de miles de ecuatorianos que apenas se produjo el llamado a donar, brotaron como hongos, en forma casi espontánea, e hicieron cola en los centros de acopio, en todo el país. Este también es el caso de países como Cuba y Venezuela que, en medio de sus dificultades económicas, compartieron lo que tienen. Y el mérito también es mayor en quienes se han incorporado como voluntarios para trabajar en ayuda a los damnificados y de los artistas que han ido a dar esparcimientos a los damnificados, aún en las condiciones precarias que prevalecen en las zonas del desastre: sin alojamiento, alimentación y servicios sanitarios adecuados.

Contrasta esa generosidad con la de los gremios empresariales privados del país y de ciertas organizaciones políticas de oposición que se niegan a aceptar la iniciativa gubernamental de institucionalizar la solidaridad mediante un proyecto de ley que cursa en la Asamblea Nacional. Y para ello se han gastado decenas de miles de dólares –que pudieron haberlos destinado a ayudar a los damnificados- para publicar en algunos diarios influyentes del país su rechazo a la propuesta. Han borrado con el codo lo que hicieron apenas ocurrida la tragedia.

Y por ese camino les han seguido en coro la oposición y algunos medios. En unos casos con el argumento de que la entrega de un día del salario, es inconstitucional y atentatoria a los derechos ciudadanos. En otros, esgrimiendo la teoría económica, según la cual, en tiempos de contracción económica son nocivos más o mayores tributos, porque acentúan la recesión.

También dicen que otro gallo cantaría si es que el gobierno hubiese ahorrado. Pasan por alto, con falta de honestidad intelectual, las inversiones en carreteras, electricidad, telecomunicaciones, formación de un nuevo talento humano joven.

¿Cabe mayor atentado a los derechos humanos, en este caso de los afectados por una catástrofe natural, que la falta de un techo y una alimentación dignas? ¿Cabe mayor antídoto a la recesión que el flujo de recursos económicos que con seguridad dinamizarán sectores como los de la construcción, por ejemplo, al menos en las zonas afectadas? Para comenzar, al menos 600 millones de dólares provenientes de organismos financieros del exterior se canalizarán de manera casi inmediata a esas zonas, lo que se reflejará de manera positiva en los indicadores económicos, si solo se tratara de esto. Y abrirán fuentes de empleo, en un momento en el que el desempleo hace presa de profesionales y trabajadores de estratos marginales.

En un momento de desastre humanitario no hay mejor derecho constitucional o teoría económica válidos que atender las apremiantes necesidades de sus víctimas. No hemos visto que los ecuatorianos de a pie se hayan movilizado masivamente para protestar contra el proyecto gubernamental. Al contrario, la gente sigue donando. Y los artistas siguen movilizando en solidaridad con los damnificados, en el país, en Miami y Puerto Rico. Y seguro que cuando llegue la hora de recibir su rol de pagos, los asalariados del país aceptarán el descuento sin protestar, aún sabiendo que su monto equivale a una semana de alimentos o pensión de educación de sus hijos. Entonces, los fariseos se habrán quedado solos.

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